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Invitados a la cena del Cordero

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En la Solemnidad de Todos los Santos, el padre Rolando Rodrigo Bragañolo recuerda que la verdadera felicidad la encontraron los santos y que todos estamos llamados a seguir el camino de las Bienaventuranzas.

Si hay algo que todos buscamos, sin excepción, es ser felices. No hay nadie que se levante a la mañana deseando ser un desgraciado. Trabajamos, nos esforzamos, hacemos planes, soñamos, todo con la profunda esperanza de alcanzar esa felicidad que colme nuestro corazón. El problema es que muchas veces la buscamos donde no está, y por eso tantas veces nos quedamos con las manos vacías. Pues bien, la fiesta de hoy viene a mostrarnos, con una multitud incontable de testigos, que esa felicidad es posible, que no es un sueño ni una ilusión: los santos son, sencillamente, los que la encontraron.

Una multitud incontable

Celebramos hoy a todos los santos. No solo a los que están en los altares, a los que tienen su nombre en el calendario, sino a esa “enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9) que el libro del Apocalipsis nos muestra vestida de blanco ante el trono de Dios. Siempre fue un gran consuelo esas palabras: imposible de contar. Porque deja claro que el cielo no es un lugar para cuatro elegidos excepcionales; está lleno, repleto, de una multitud inabarcable. Y entre esa multitud —sin dudas— están muchos de los nuestros: familiares, amigos y hermanos que ya se encuentran como en el Apocalipsis cantando con plena felicidad las bodas del Cordero. Son, en su mayoría, santos sin nombre en el calendario: gente sencilla que vivió la fe sin ruido, en la paciencia y entrega de cada día, y que hoy ya ve a Dios cara a cara. El papa Benedicto XVI, comentando esta fiesta, salía al paso de un error muy extendido: “A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos”, cuando la verdad es que “todos los seres humanos están llamados a la santidad” (Ángelus, 1/11/2007).

¿Y cómo llegaron hasta allí? ¿Cuál fue su camino? El Evangelio nos lo dice sin rodeos, y marca el camino con el mapa que Jesús mismo nos entregó: las Bienaventuranzas. No comienzan con un mandato ni con una amenaza, sino con una palabra que es absoluto anuncio: “Felices”. Nueve veces repite Jesús esa palabra, como quien abre nueve puertas hacia la verdadera dicha. Felices los pobres de espíritu, los afligidos, los mansos, los que tienen hambre de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos. Ese es el retrato del santo. Y, sobre todo, ese es el retrato del mismo Jesús.

El rostro de Jesús

Porque conviene decir con claridad: el primero en vivir las Bienaventuranzas fue Él. Jesús es el verdadero pobre de espíritu, el manso y humilde de corazón, el misericordioso, el limpio, el perseguido por practicar la justicia hasta la cruz. Por eso los santos no son otra cosa que hombres y mujeres que dejaron que Cristo tomara forma en ellos, que se le parecieron. Benedicto XVI enseñaba que las Bienaventuranzas son como una biografía interior de Jesús, el retrato de su propia figura: en ellas Él se está describiendo a sí mismo. Y por eso son también el espejo del discípulo: quien quiera saber si de verdad sigue a Jesús, que se mire en ellas. Ser santo no es hacer cosas extraordinarias; es dejarse configurar con Cristo en lo ordinario de la vida.

Pero no nos engañemos: la felicidad que Jesús proclama es desconcertante, va a contramano de lo que el mundo nos vende. El mundo dice: felices los ricos, los poderosos, los que se imponen, los que nunca lloran. Y Jesús dice exactamente lo contrario: felices los pobres, los que lloran, los mansos, los perseguidos. Es una felicidad que no se compra, que no depende de tener más, sino de amar más. Durante estos domingos veníamos diciendo que la salvación y la dicha no nos las dará el dinero ni el poder ni los ídolos de este mundo; hoy los santos nos lo confirman desde el cielo: fueron felices no porque les sobrara nada, sino porque tuvieron a Dios, y el que tiene a Dios no necesita nada más, y si algo tiene sabe que eso es fruto de aquel que los amó primero.

¡Miren cómo nos amó el Padre!

Y esta fiesta, además de mirar al cielo, nos habla de lo que somos ya aquí. San Juan, en la segunda lectura, nos regala una de las frases más tiernas de toda la Escritura: “¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente” (1 Jn 3, 1). No seremos hijos de Dios algún día: lo somos ya, desde el bautismo. Pero hay más: “lo que seremos no se ha manifestado todavía… seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2). Ahí está la meta, lo que hoy celebran los santos: ver a Dios tal cual es. Es justamente lo que prometía el Evangelio a los limpios de corazón: “ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). La santidad, en el fondo, es eso: llegar a ver el rostro de Dios y quedar transformados para siempre en su luz.

Hermanos, la fiesta de hoy no es solo para admirar a los santos de lejos, como quien mira cuadros en un museo. Es, sobre todo, una invitación y hasta un desafío: también nosotros estamos llamados a ser santos. San Juan Pablo II al comenzar el nuevo milenio nos recordaba así que la santidad es “la medida más alta de la vida cristiana” (NMI, 31): la meta normal, y no excepcional, de todo bautizado. San Agustín, cuando dudaba de poder cambiar de vida, se animó mirando el ejemplo de tantos hombres y mujeres sencillos que sí lo habían logrado, y se hizo esta pregunta que hoy nos conviene repetir: “Si éstos y éstas pudieron, ¿por qué yo no?”. Si tantos lo lograron —gente igual a nosotros, con las mismas luchas y debilidades—, entonces también nosotros podemos.

Pidamos, entonces, en esta solemnidad, la gracia de tomarnos en serio la santidad. No la de los gestos espectaculares, sino la de cada día: la paciencia en casa, la honradez en el trabajo, la misericordia con el que sufre, la pureza del corazón, el trabajo callado por la paz. Pidámosles a nuestros santos —a los del calendario y a los sencillos y escondidos que ya gozan de Dios— que nos ayuden con su intercesión, y pidamos al Señor la valentía de caminar por la senda de las Bienaventuranzas, para alcanzar un día esa felicidad que no termina y sumarnos a esa muchedumbre inmensa que, vestida de blanco, ya canta para siempre delante del Cordero.

¡Feliz solemnidad de Todos los Santos!

*Homilía del padre Rolando Rodrigo Bragañolo – Solemnidad de Todos los Santos, 1 de noviembre de 2026.*