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Homilía del padre Bragañolo: Invitados a una fiesta

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En la reflexión de este domingo, el párroco de Cristo Redentor invitó a aceptar el convite gratuito de Dios al banquete, a no dejar que lo urgente robe lo importante y a revestirse del traje de la caridad para no entrar a la fiesta con las manos y el corazón vacíos.

El padre Rolando Rodrigo Bragañolo compartió este domingo la homilía del XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, publicada en el sitio de la parroquia Cristo Redentor bajo el título “Invitados a una fiesta”. La imagen que acompaña el texto es la conocida pintura de Francisco de Goya (1796) sobre la parábola de los convidados a la boda.

“Dejamos la imagen de la viña”, escribió Bragañolo. El Señor, ya al final del evangelio de Mateo, frente a los sumos sacerdotes y notables del pueblo, les dirige una parábola presente en la vida del pueblo de Israel: la del Rey que celebra las bodas de su Hijo.

El párroco arrancó por lo más humano: sentarse a la mesa. “No comemos solamente para alimentarnos; comemos para estar juntos, para celebrar, para que un cumpleaños, un casamiento o un domingo cualquiera se vuelvan fiesta. Sentarse a la mesa es siempre algo más que comida: es el signo de que alguien nos quiere cerca”. Por eso, cuando Dios quiere decirnos qué nos tiene preparado, no habla de una recompensa fría, sino de un banquete. “Nos dice, sencillamente, que quiere tenernos junto a él”.

Esa imagen la confirma la primera lectura. El profeta Isaías anuncia que el Señor del universo “ofrecerá a todos los pueblos, sobre esta montaña, un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados”. Pero lo más hermoso, señaló, no son los manjares, sino lo que allí sucede: Dios “arrancará el velo que cubre a todos los pueblos”, “destruirá la muerte para siempre” y “secará las lágrimas de todos los rostros”. “El banquete de Dios no es un lujo pasajero; es el lugar donde se acaba el luto, donde se seca el llanto, donde la muerte misma queda vencida. A esa mesa estamos invitados”.

La salvación, recordó, no se gana: se recibe. “Nadie se gana una invitación a una boda; se la regalan, es un don. Nadie tiene derecho a sentarse en la fiesta de otro; lo sientan por amor”. El salmo lo canta con ternura: “Tú preparas ante mí una mesa”, “mi copa rebosa”. A nosotros solo nos toca aceptar y venir.

Ahí aparece lo doloroso del Evangelio. El Rey manda a sus servidores a llamar a los invitados y estos “se negaron a ir”. Insiste, les dice que todo está preparado, y el resultado es peor: “no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio”. Lo que los aparta de la fiesta no es un gran crimen. Es el campo. Es el negocio. Son las ocupaciones legítimas de todos los días, que ocupan tanto lugar en el corazón que ya no dejan sitio para Dios. “Rechazan el banquete, no por odio, sino por distracción; no porque algo malo los atraiga, sino porque algo bueno los absorbe”.

“He aquí la tentación de siempre, la más disimulada: dejar que lo urgente nos robe lo importante”. El trabajo, la casa, los proyectos, el dinero son buenos y necesarios, pero cuando los convertimos en lo único nos vuelven sordos a la voz que nos llama a la fiesta. “Nos servimos de las cosas, está bien; el problema empieza cuando las cosas se sirven de nosotros”.

El Rey, entonces, hace algo que humanamente nadie haría: abre la fiesta de par en par. “Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”. Y los servidores reunieron a cuantos hallaron, “buenos y malos”, hasta que la sala quedó llena. “Qué consuelo tan grande: si los primeros no quisieron venir, Dios no cancela la fiesta, sale a buscar a los de los caminos. A los que nadie invitaría. A los que no figuraban en ninguna lista. A nosotros”.

Sin embargo, el Evangelio no termina en un final fácil. Entra el Rey, mira a los comensales y encuentra a uno que no tiene el traje de fiesta. Le pregunta: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”. Aquel hombre se queda mudo. “Es verdad que a la fiesta se entra gratis; pero no se entra de cualquier manera. No basta con cruzar la puerta: hay que vestirse para la boda”. ¿Qué es ese traje nupcial? San Gregorio Magno responde: “¿Qué debemos entender por vestido de bodas, sino la caridad?”. Entra sin el traje “el que cree en la Iglesia, pero no tiene caridad”. “No alcanza con estar; hay que estar revestidos de amor”.

¿De dónde sacamos ese traje? San Pablo lo dice en la segunda lectura: “Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia… Yo lo puedo todo en Aquél que me conforta”. No es que no necesite nada; es que ha encontrado a Alguien que lo llena de verdad, y desde esa plenitud ya nada lo esclaviza. Como decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti”.

Bragañolo cerró con una invitación directa a la comunidad: “Hoy la mesa está puesta y la invitación es para cada uno de nosotros, sin excepción. Pidamos al Señor la gracia de no ser de aquellos que, teniendo todo preparado, se van al campo o al negocio y se pierden la fiesta. Pidamos no entrar a su casa con las manos y el corazón vacíos, sino revestidos del traje de bodas, que es la caridad”. Y pidió aprender de Pablo a poner la confianza no en lo que tenemos, sino en Aquél que nos conforta, “para que, libres y agradecidos, nos sentemos un día a ese banquete donde Dios enjugará por fin todas las lágrimas y la alegría no tendrá fin”.

“Feliz Domingo”

La homilía completa puede leerse en el sitio de la Parroquia Cristo Redentor: cristoredentor.org.ar.

Radio Cataratas – Puerto Iguazú, Misiones