En la reflexión de este domingo, el párroco de Cristo Redentor recorrió la parábola de los viñadores y recordó que la viña no es nuestra: somos administradores, y el fruto que Dios espera es una vida transformada.
El padre Rolando Rodrigo Bragañolo compartió este domingo la homilía del XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, publicada en el sitio de la parroquia Cristo Redentor bajo el título “La piedra que desecharon”.
“Seguimos en la viña, y esta vez por última vez en esta serie de domingos”, escribió. Venía de las parábolas anteriores: el dueño que sale a toda hora a llamar obreros y el padre que pide a sus dos hijos que vayan a trabajar. Entre esos dos aparece el tercer Hijo, el que dice sí y va, “el rostro mismo de Jesús obediente al Padre”. El Evangelio de hoy cuenta qué pasó con ese Hijo cuando lo enviaron a la viña.
Isaías canta la viña como un enamorado canta a su amada. El dueño la cava, le quita las piedras, planta cepas escogidas, levanta una torre y excava un lagar. No le escatima nada. Después hace la pregunta que parte el alma: “¿qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?”. Es la pregunta de un Dios que se dio por entero y, al tiempo de la vendimia, encuentra frutos agrios. Bragañolo recordó a Benedicto XVI: Dios nos cultiva como a un campo para hacernos mejores. No somos un terreno abandonado.
El Evangelio recoge esa imagen y la lleva más adentro. El propietario entrega la viña hecha y solo espera los frutos. “La viña no es nuestra. La vida, la fe, los dones, lo recibimos. Somos administradores, no dueños.”
Lo que sigue es una paciencia increíble. El dueño manda criados —los profetas— y los labradores los apalean, los matan y los apedrean. No se cansa, porque ama, y envía a su propio hijo: “Tendrán respeto a mi hijo”. Los labradores calculan: “este es el heredero; matémoslo y la herencia será nuestra”. Lo sacan fuera de la viña y lo matan.
Ahí, señaló, está la raíz de todo pecado: el orgullo que impide reconocer el don más valioso de Dios, su Hijo. Querer los dones de Dios sin el Dios de los dones. Llevado al límite, el pecado termina queriendo un mundo sin Dios.
Cuando la parábola parece cerrarse en tragedia, Jesús cita el salmo y todo se da vuelta: “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. El Hijo arrojado fuera de las murallas, en el Calvario, no queda en el fracaso. Cristo rechazado y crucificado resucitó y se convirtió en la piedra sobre la que podemos apoyarnos. “El crimen de los labradores no tuvo la última palabra: la tuvo el amor del Padre, que resucitó al Hijo.”
Por eso, escribió, esta parábola, que empieza como un reproche, es el anuncio de la Pascua. No nos apoyamos en méritos propios: nos apoyamos en Él.
El Evangelio no deja el final en una imagen bonita. “Se les quitará el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.” No es una amenaza, aclaró, sino la seriedad del amor de Dios. El fruto no es el carnet de bautizado ni figurar en los grupos de la parroquia. Es una vida transformada, el derecho y la justicia que Isaías echaba de menos, la caridad concreta con el hermano.
San Pablo lo dice en la segunda lectura: no angustiarse; en cualquier circunstancia, recurrir a la oración, para que la paz de Dios cuide los corazones y los pensamientos en Cristo Jesús. “Pónganlo por obra, y el Dios de la paz estará con ustedes.” Unidos a Cristo, como el sarmiento que no da fruto si no permanece en la vid.
Cerró con un saludo sencillo: “Feliz Domingo”.
La homilía completa puede leerse en cristoredentor.org.ar.




