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La intemperie

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En Misiones, la política ya no tiene paraguas. Y el verano tampoco: sigue pagando la luz como si el gas fuera un lujo del sur. Los gobernadores del Norte consiguieron que Nación reconozca la asimetría. La intemperie, al parecer, también tiene factura.

Por Sergio Fernández

Hubo un tiempo en que la política misionera se parecía bastante a esos días de verano con cielo cubierto, cuando uno sale de casa sin paraguas porque el aire no anuncia tormenta. Todo estaba donde debía estar. Cada dirigente sabía hasta dónde podía llegar, con quién convenía hablar, qué diferencia podía expresarse y cuál era mejor guardar para otro momento. No hacía falta preguntar demasiado. Las respuestas venían solas. Ese tiempo se terminó.

Lo que vino después no es el caos, de hecho, dista bastante de parecerlo. Es una provincia donde la política volvió a moverse con una libertad que durante años no tuvo. Hay conversaciones nuevas, dirigentes que exploran otros recorridos, intendentes que negocian, legisladores que se animan a expresar diferencias y espacios que buscan construir una identidad propia. El cambio no está solamente en los nombres que aparecen. Está en algo más profundo: cada dirigente empieza a quedar un poco más solo frente a sus propias decisiones.

Esta nueva etapa, que va más allá de un cambio de nombre, modifica todo el escenario por una razón sencilla: cuando existe una conducción capaz de ordenar prácticamente cada movimiento, también existe una explicación espontánea para casi todo. Se hace porque corresponde, se acompaña porque hay que acompañar, se espera porque todavía no llegó el momento o simplemente fue una orden. Esa lógica, cómoda para algunos y asfixiante para otros, funcionó durante años. Hasta que dejó de funcionar.

Cuando el paraguas desaparece, cada uno empieza a mojarse por su cuenta. Este es probablemente el verdadero cambio de esta etapa. Ya no alcanza con decir de dónde viene un dirigente. Hay que explicar hacia dónde pretende ir. Ya no alcanza con mostrarse cerca de los que mandan. Hay que demostrar qué se es capaz de hacer sin que nadie lleve la mano puesta en la espalda. Y, sobre todo, ya no existe la excusa perfecta que durante años ordenó el relato: la orden bajó de otro lado. Ahora cada decisión es responsabilidad de quien la asume. Cada error tiene dueño. Cada silencio también.

Esta puede ser una de las discusiones más interesantes que tendrá Misiones en los próximos meses, superior incluso a las que se producirán cuando llegue el momento de definir candidaturas para 2027. La apertura del escenario político obliga a muchos dirigentes a contestar una pregunta que durante mucho tiempo pudo quedar en segundo plano: ¿qué representan por sí mismos?

Tener una estructura ayuda, ostentar un cargo también. Contar con recursos, reconocimiento o un apellido conocido puede facilitar cualquier recorrido. Pero ninguna de esas cosas reemplaza una identidad política cuando llega la hora de pedirle a la sociedad que acompañe un proyecto. La libertad tiene ese pequeño inconveniente. También obliga a hacerse cargo.

Passalacqua parece haber construido su autoridad desde un lugar diferente al de la conducción vertical que durante años caracterizó a la política provincial. Pero el desafío para él tampoco termina en haber abierto ese espacio. Ahora debe demostrar que esa apertura puede convertirse en una forma más responsable de hacer política y no simplemente en una nueva distribución de lugares. Porque abrir el juego no garantiza que aparezcan mejores jugadores. Eso habrá que verlo. Y la intemperie, como se sabe, no perdona a nadie.

Mientras la política empieza a acomodarse, la economía impone una discusión mucho menos abstracta. Los datos presentados ante la Legislatura muestran una reducción del empleo asalariado registrado: de 109.500 puestos en junio de 2023 a 96.300 en 2026. Son 13.200 empleos menos en tres años. Al mismo tiempo, la provincia cuenta con unas 10.303 empresas privadas activas y concentra alrededor del 32% de las firmas del NEA. La contradicción está a la vista. Y no admite demasiadas lecturas.

Misiones necesita que existan más empresas, que las pequeñas puedan crecer y que aparezcan nuevos empleadores. No puede pretender sostener indefinidamente su economía sobre un Estado que cada vez tiene más demandas y menos recursos relativos para responderlas. Por eso la discusión sobre el Parque Industrial, los trámites para habilitar nuevas industrias y las condiciones para invertir no debería quedar reducida a expedientes administrativos. Cada obstáculo que se elimina y cada día que se gana para poner una empresa en funcionamiento tienen detrás una cuestión bastante concreta: más empleo y la obvia necesidad de mano de obra.

Y ahí también aparece una definición política. El Estado puede intervenir para generar condiciones, facilitar inversiones, abrir mercados, financiar infraestructura y acompañar sectores estratégicos. Lo que no debería hacer es convertirse en el dueño de las oportunidades. Una provincia necesita muchos empresarios creciendo, muchas PyMEs compitiendo y muchas industrias generando trabajo. Cuando las oportunidades dependen demasiado de la cercanía con el poder, la economía termina reproduciendo el mismo problema que la política intenta dejar atrás: la concentración.

Por eso el momento actual tiene dos discusiones que, aunque parecen diferentes, terminan tocándose. La política necesita dirigentes capaces de construir identidad propia. La economía necesita empresas capaces de crecer sin depender permanentemente del Estado. En ambos casos aparece una misma palabra: autonomía. Autonomía política para decidir, diferenciarse, equivocarse y hacerse responsable. Autonomía económica para producir, invertir, contratar y competir.

Quizás por eso la etapa que comienza en Misiones sea bastante más exigente de lo que parece. Con menos obediencia automática, cada dirigente tendrá que demostrar qué puede hacer por sus propios medios. Con menos recursos nacionales, la Provincia tendrá que decidir con mayor precisión dónde pone cada peso. Con menos empleo formal, habrá que encontrar la manera de que el sector privado vuelva a crecer. Y ahí las etiquetas empiezan a servir cada vez menos. No alcanza con llamarse renovador, opositor, oficialista, desarrollista o cualquier otra cosa. Habrá que demostrarlo.

La política puede abrir la puerta. Pero una vez que la puerta se abre, cada uno entra solo. Y nadie te presta el paraguas cuando empieza a llover.

Algo de justicia

Hay asimetrías que no se explican con un mapa. Se explican con una factura. En el sur y en el centro del país, el gas natural llega por red desde hace décadas. En Misiones, no llega. La provincia depende de la electricidad para casi todo: para producir, para calefaccionarse en invierno, para sobrevivir al verano. No es una elección sino más bien una condición. Y esa condición tiene un costo que se paga todos los meses en el mismo lugar con la boleta de la luz.

El acuerdo que esta semana se destrabó en el Senado no es un triunfo de una provincia contra otra. Es el reconocimiento de una asimetría que durante años fue ignorada. La reforma del régimen de Zonas Frías fue la condición que puso Nación para avanzar con un esquema diferencial para las zonas cálidas. Los gobernadores del Norte Grande, con Passalacqua como anfitrión en la asamblea de agosto en Posadas, plantearon el problema con una lógica sencilla: si el frío justifica un subsidio al gas, el calor extremo justifica un subsidio a la electricidad.

El nuevo esquema contempla hasta 500 kWh mensuales subsidiados entre noviembre y abril para las provincias de clima muy cálido, y 300 kWh durante el resto del año. Para Misiones, que integra esa categoría, el impacto es directo. El bloque anterior podía reducirse a 150 kWh en determinados meses. La ampliación representa casi el triple de cobertura durante el verano.

Passalacqua lo planteó en la asamblea de gobernadores con una frase que resume el problema estructural de la provincia: «El problema energético no es solamente por el frío o por el calor; es principalmente un problema industrial». Sin gas natural, la electricidad no es solo un servicio residencial. Es la base de buena parte de la actividad productiva misionera. Cada fábrica, cada cooperativa, cada emprendimiento que necesita energía para funcionar depende de la misma red que alimenta los aires acondicionados en enero. Y paga la misma tarifa.

El acuerdo todavía debe instrumentarse. Falta la resolución de la Secretaría de Energía, la articulación con Energía de Misiones y las cooperativas y la definición del límite de ingresos para acceder al beneficio. La expectativa es que el impacto en las facturas se sienta a partir de noviembre. Recién ahí se sabrá si el alivio es real o si queda en una promesa más.

Pero más allá de la letra chica, hay un dato político que merece ser registrado. Los gobernadores del Norte Grande consiguieron algo que no es habitual en la política argentina: que Nación reconozca una asimetría y acepte compensarla. No fue por presión, no fue por confrontación. Fue por negociación. Misiones planteó el problema, sumó a sus pares y llevó la discusión a una mesa donde se toman decisiones.

El contrapunto con el sur no se plantea en términos de competencia. La Patagonia tiene frío y tiene gas. Misiones tiene calor y no tiene gas. Ambas realidades justifican una política diferencial. Lo que durante años resultó difícil de explicar fue por qué provincias templadas, con gas y con inviernos moderados, recibían un subsidio que para el norte era una quimera. La reforma de la ley de Zonas Frías corrigió ese exceso. Y el acuerdo por las zonas cálidas compensa, al menos parcialmente, la asimetría que queda.

En Misiones, el verano se mide en grados y en kilovatios. Cada aire acondicionado encendido es una necesidad, no un lujo. Cada factura de luz es un recordatorio de que la provincia sigue sin gas y que la electricidad sigue siendo el único camino. El acuerdo que esta semana avanzó en el Senado no resuelve todos los problemas energéticos de Misiones. Pero reconoce algo que durante años fue ignorado: que el calor extremo también es una condición climática que merece una política de Estado.