El padre Rolando Rodrigo Bragañolo reflexiona sobre el amor a Dios y al prójimo como único mandamiento del que dependen toda la Ley y los Profetas. Subraya que solo se aprende a amar si se escucha, y que el amor a Dios se demuestra en el trato concreto con los más débiles.
La reflexión parte de una constatación simple y universal: todos amamos algo. Nadie vive sin amar. El problema no es si amamos o no, sino dónde colocamos nuestro amor y qué ponemos en el centro. Cuando los amores están desordenados, toda la vida se desordena con ellos.
Bragañolo recuerda que el domingo anterior se había insistido en que a Dios hay que darle lo que es de Dios: no monedas, sino el corazón entero. En los últimos días de Jesús en Jerusalén, la pregunta del doctor de la Ley busca ponerlo a prueba. Jesús no cae en la trampa y responde ordenando: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y añade lo decisivo: “De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.
Solo se aprende a amar si se escucha
El sacerdote destaca un detalle importante del primer mandamiento, tal como aparece en el Deuteronomio: comienza con “Escucha, Israel”. Antes de pedirnos que amemos, Dios nos pide que escuchemos. El amor no se impone por orden ni se arranca a la fuerza: nace cuando alguien se calla y escucha. Los doctores de la Ley conocían de memoria los seiscientos trece preceptos, pero no escucharon a Jesús, que es la Ley encarnada. No se puede amar a quien no se escucha.
Nada puede quedar afuera del amor a Dios
Jesús no admite recortes: hay que amar a Dios “con todo”. Con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Citando a Santo Tomás de Aquino, Bragañolo explica que esa repetición del “todo” significa que nada de nosotros puede quedar afuera. Amar con todo el corazón es poner en Él toda nuestra voluntad; con toda el alma, nuestro afecto; con toda la mente, nuestro entendimiento y nuestros pensamientos. No se ama a Dios solo con un rincón de la vida los domingos, sino con la persona entera y todos los días. El amor a Dios es total o todavía no es del todo amor.
Es un solo amor que sube y baja
El segundo mandamiento es “semejante”: amar al prójimo como a uno mismo. No son dos amores rivales. Es un solo amor que sube a Dios y baja al hermano. La primera lectura lo hace concreto: no oprimir al extranjero, no hacer daño a la viuda ni al huérfano, no portarse como usurero con el pobre, devolverle su manto al que no tiene con qué abrigarse. El amor a Dios se mide en cómo tratamos al más débil. No se puede decir que amamos a Dios, a quien no vemos, si maltratamos al prójimo, a quien sí vemos.
La homilía cierra con una invitación clara: pedir al Señor la gracia de ordenar nuestros amores. Pedir, antes que nada, saber escuchar, porque de la escucha nace el amor. Pedir amarlo con todo —corazón, alma y mente, sin reservarnos nada— y que ese amor baje enseguida a nuestro prójimo. Que Cristo reine en el centro del corazón y que, ordenada la vida en torno a Él, todo lo demás encuentre por fin su lugar.
¡Feliz domingo!





