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Homilía del padre Bragañolo: Una tentación, tan vieja como el hombre

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En la reflexión de este domingo, el párroco de Cristo Redentor advirtió sobre una tentación tan antigua como el hombre: esperar que la salvación llegue de afuera —del dinero, la suerte o un candidato cada cuatro años— y recordó que solo Dios puede salvarnos y darnos la felicidad eterna, invitándonos a dar al César lo que es del César y, sobre todo, a Dios lo que es de Dios: el corazón entero.

El padre Rolando Rodrigo Bragañolo compartió este domingo la homilía del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, publicada en el sitio de la parroquia Cristo Redentor bajo el título “Una tentación, tan vieja como el hombre”.

“Una tentación muy recurrente nos acompaña siempre: la de esperar que la salvación nos llegue de afuera, que alguien o algo venga a resolvernos la vida sin que nosotros tengamos que cambiar mucho”, escribió. Unas veces se lo pedimos al dinero, otras a la suerte, y muy frecuentemente a algún candidato. “Es una espera razonable, pero que termina siempre en desilusión, porque ni el dinero, ni un gobierno, ni una bandera política pueden hacer lo que solo Dios puede hacer: salvarnos, y darnos la felicidad eterna”.

El Evangelio de san Mateo (22, 15-21), señaló, nos hace pensar sobre esta cuestión tan actual, sin ingenuidades. Estamos al final del Evangelio, con la tensión al rojo vivo. Los fariseos “se reunieron para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones” y le tienden una trampa: “¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?”. Si dice que sí, queda como traidor a su pueblo; si dice que no, lo pueden denunciar ante Roma. Jesús no entra en el “por sí o por no”. Pide la moneda y, ante la imagen y la inscripción del emperador, ordena: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”.

Bragañolo aclaró que Jesús no separa la vida en dos cajones incomunicados —una zona “de Dios” (Misa, oración, vida privada) y otra “del César” (trabajo, política, economía)— donde Dios no tuviera nada que decir. Al contrario, establece una jerarquía. El poder civil es legítimo y necesario; el cristiano debe cumplir sus deberes de ciudadano. Pero por encima del César está Dios, que lo reclama todo. La primera lectura (Isaías 45) lo confirma: Dios hace que un rey pagano como Ciro sea instrumento suyo, porque “Yo soy el Señor, y no hay otro”. Ningún poder de este mundo es absoluto.

Los Padres de la Iglesia, recordó, leyeron la escena con profundidad. La moneda lleva la imagen del César: hay que devolverla. Pero ¿cuál es la moneda que lleva la imagen de Dios? El hombre mismo. “Cada uno de nosotros hemos sido acuñados a imagen y semejanza de Dios, y por eso a Él le debemos lo más valioso: no las monedas que sobran, sino el corazón entero, la vida entera”. Podemos pagar al César con dinero; a Dios solo se le paga con toda la vida, privada y pública.

Ahí está lo que más cuesta aceptar. Es fácil exigirle a los gobernantes que sean honestos y justos, y está bien pedirlo. Pero “¿con qué autoridad reclamamos virtud a los de arriba, si no empezamos por ordenar nuestro propio corazón en la virtud y el bien?”. Difícilmente tendremos gobernantes mejores que nosotros, porque salen del mismo pueblo. “Si queremos de verdad que Dios transforme la sociedad y reine en medio nuestro, la transformación tiene que empezar con la conversión de nuestro corazón. No transformaremos el país si antes no transformamos nuestro obrar de cada día”.

“Por eso la salvación no vendrá, queridos hermanos, por el camino que el mundo espera. No nos va a salvar un modelo económico, ni una bandera política, ni el triunfo de un lado u otro de la grieta. El único que salva, el único que puede llenar y enderezar nuestra vida, y darnos la felicidad eterna es Cristo, es Dios”. Darle a Dios lo que es de Dios nos cura de la tentación de endiosar lo que es solo obra de nuestras manos.

Esa vida nueva, explicó, empieza en lo más cercano y cotidiano: cuando en la familia reina Cristo, cuando se reza juntos, cuando se pone el oído y el corazón en lo que importa y no en lo urgente. San Pablo, en la segunda lectura, elogia a los tesalonicenses porque manifiestan su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza con constancia. “Así, con la Fe que se hace obras, el Amor que se hace trabajo, la Esperanza que se hace constancia: se transforma de verdad en Cristo una familia, una parroquia, un pueblo”.

Bragañolo cerró con una invitación directa: “Pidamos, entonces, al Señor la gracia de dar al César lo que es del César —cumpliendo con seriedad nuestros deberes de ciudadanos cristianos—, pero sobre todo la gracia mucho mayor, de darle a Dios lo que es de Dios, que es nuestro corazón”.

“Feliz domingo!”

La homilía completa puede leerse en el sitio de la Parroquia Cristo Redentor: cristoredentor.org.ar.

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